La razón de oir.

 Lo siento mucho Karen, mi mente va a lugares oscuros a veces.    

Fue lo último que le dije esa vez, estaba a punto de colapsar porque no podía contener mi ira, porque no podía dejar pasar mis oscuras emociones cuando hablaba de su pasado o de su posible futuro. Yo era su presente, para que recordar el pasado. Me había puesto en una balanza constantemente porque no podía ser capaz de afrontar mi propio valor. Estaba cayendo muy bajo y la verdad no esperaba que una simple conversación me colocara en el limbo de la realidad oculta. Suelo ser un chico muy calmado, asequible e inclusive risueño, algo que aloca a las mujeres, pero que guarda en él un sentido común de risas, brisas y sueños, soy algo muy parecido a una mujer, pero en el cuerpo de un hombre. Durante muchos años me dijeron que el pene que tenía me ayudaría a conquistar a cualquier mujer, pero yo no buscaba eso, yo no quería a cualquiera, yo quería a aquella mujer que me acompañara en la búsqueda de nuevas aventuras.


Estaba algo coaccionado, mi cuerpo estaba tenso, ella sólo reía de sus propios chistes y yo me sentía presionado, creía que debía dar la talla para una relación típica, que a mi edad ya era muy maduro y por ende debía ser un poco más locuaz o quizás un poco más eficaz y perspicaz con mi sentido común, pero no, la rebeldía de darle la contraría a las cosas a veces me hacía cometer desafortunados comentarios, desafortunados lapsus de sinceridad que seguían ocultado mi falta de manejo en una situación tan simple. Yo pasé muchos años añorando un amor no correspondido, una relación donde el 99.9% del día, yo me sentía sólo. Ella continuaba con su vida, su música, sus hoobies y todo aquello que hace una mujer de 25 años, yo paraba mi mundo cada que no me entendía o no me comprendía. Siempre me enviaba por más palabras, pero yo no quería más palabras, yo quería menos palabras y más sentido, quería escuchar perdón, quería oír que tenía la razón, no por adulación sino por el simple hecho de que podíamos llegar a un consenso, yo bajaba la cabeza por mis expresiones y mi falsa sinceridad, comprendiendo la situación en ese instante, pero a cambio recibía el sí y con ello la validación de la situación, en donde no seguía utilizando mi tono de voz crudo y firme, sino que bajaba la intensidad y además le ponía un poco de empatía a ese horrible sinsabor de incomodidad. Aunque era consciente que ningún mal entendido podía terminar bien y podía continuar con una conversación alentadora y abrazadora, llena de armonía y amor sincero, porque la verdad es que en esos momentos, sólo quieres terminar la relación y tirarte a llorar debajo de la cama.

Comprendí, que no eran la misma persona, que no estaba viviendo la misma realidad y que los dos eramos diferentes personas, que a veces intento dar la talla en una relación, siendo mejor o inclusive perfecto ante los ojos de quien ame para que no exista un rastro de comparación con los amores pasados, pero que equivocado estaba. Nunca debí sentir esa comparación, nunca debí querer hablar sobre algo que no me compete, quisiera volver a ser tu amigo, pero ya no vas a querer volver a esa línea y otra vez empecé muy mal, empecé colocando una línea muy delgada entre mis emociones más profundas y mis planes futuros contigo. Empezar a restringuir situaciones, conversaciones, emociones y más en una relación sólo nos llevan al mundo del fracaso, cuando empezamos a perder la libertad de expresión, empezamos a perder nuestros derechos de volver a ser quien en verdad somos, empezamos a  catalogar el amor, empezamos a catalogar las conversaciones, los momentos, las llamadas, las situaciones y la vida misma.

No quiero eso de nuevo, pero estoy cometiendo el mismo error.

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Pasé tres semanas corriendo en las mañanas mirando el celular sólo para la música, mensajes importantes y nada sobre ella. Yo estaba en una crisis existencial terrible, había crecido añorando los cuentos de hadas, donde llega el príncipe a salvar a la princesa, yo buscaba una princesa para cuidarla, aunque sonara machista sabía muy bien que tenía todas las herramientas para poder enamorar a una, no sólo con mi carisma, sino con mis metas, sabía que aunque había estudiado una carrera, aunque tenía un trabajo estable, no era lo básico para una relación, sabía que lo básico era hacer sentir única a esa persona, decirle que no existe nadie más que ella y que mi mundo es mucho mejor gracias a ella, algo así como vivir eternamente agradecido por su existencia. La verdad es que yo siempre sentía agradecimiento, pero no sentía lo mismo de la princesa del momento, pero ella no era del momento, había pasado todos los bosques tenebrosos a lo largo de éstos años y la verdad es que con ella nunca vi un momento, vi un camino, me costó mucho hacerla desaparecer de mi vida cuando nos soltamos unos meses, sabía que era la indicada aunque no supiera de arte, sabía que era la indicada aunque no le gustara el sushi. Yo me había proyectado una vida con alguien que compartiera mis intereses, que complementara mi ropa con la suya, que completara mis frases, que quisiera verse bien conmigo, que quisiera amarme de la misma forma que aman los locos en las calles, caminando de la mano, con zapatillas iguales, besándose sin reparo en cada esquina y mirándonos con deseo desde el amanecer. Sé que puedo tener todo eso con ella, menos el sushi, el arte y lo raro; pero se que pueda besarla sin control bajo un árbol por horas, sé que puedo abrazarla por la espalda cuando esté desprevenida, sé que puedo hacerme amigo de sus amigas y contarles chistes absurdos para que se rían de mi, puedo ser el cómplice de sus sueños, aunque aún no haya encontrado o no los haya escuchado en su totalidad, yo quiero darle una casa para que refugie sus emociones, para que se sienta protegida y no me suelte nunca, quiero un beso de buenas noches, de buenos días y buenos cualquier momento.  Quiero viajar a su lado y caminar por los mismos caminos que algún día imagine caminar con alguien, llevarla a mi cafeteria favorita, desayunar en la esquina del paradero donde tomaba el bus cada mañana.


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¿Era ella mi princesa?  sí y no tenía que quitarle el título porque me molestara que tuviera amigos, no tenía que  quitarle el título porque me había hecho enojar. Ella merecía todo, no me importaban los problemas o lo que sucediera, me importaba mucho que ella siempre se sintiera tranquila, que sólo se asegurara de seguir siendo ella y me dejara seguir siendo yo. Libertad le dicen, sí aquella que termina donde inicia la de ella. Quiero llamarla y decirle que la quiero, pero dicen que debemos respetar los espacios y el tiempo de cada quién.  

 Pero eran las 3 de la mañana y mi teléfono sonó, yo quería que fuese ella y sí, su nombre estaba en mi pantalla era porque algo pasaba. Conteste de manera brusca y casi desesperada, ella rió y me dijo "te quiero" necesitaba oír tu voz, sabía que estabas ahí en línea, en todas las redes, pero sin dirigirte a mi. Yo te quiero pero me es difícil comprender tu mensaje en ciertas oportunidades. me quedé en silencio un momento y le dije: está bien, yo quiero que estemos bien, no podemos seguir cometiendo errores absurdos siendo dos adultos que saben lo que quieren.

Ella guardó silencio. suspiró y replicó: No somos dos extraños entre los dos, pero sí somos dos extraños en el mundo. Se supone que existen reglas para el amor, pero sólo deberían existir nuestras propias reglas en ésta relación de dos. Debo confesarte que cuando hablo de nuestro amor con otros me toman por loca, pero cuando estoy contigo mi universo se llena por completo, estás en él cada segundo y no puedo evitar sonreír al pensarte, creo que por un momento la  vida es bastante pálida, pero contigo es multicolor, las acuarelas se convierten en destellos marinos y tú te sumerges en mi corazón una y otra vez. No tenemos una relación perfecta, pero quiero que nuestra realidad sea casi perfecta, para poder continuar con la paz que me das.

La interrumpí: ¿ Sólo nos podemos querer y dejar de discutir? Ella rió y dijo: Claro que sí amor. 

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Han pasado 10 meses después de la discusión ella está vestida de blanco y yo con un traje gris. Cualquiera imaginaría que estoy relatando una película, pero la verdad es que sí, es mi propia película de amor. Nos vamos a casar luego de haber pasado una vida contemplando rostros equivocados a nuestro lado, luego de haber compartido comidas interminables a oscuras en mi habitación. Ella es perfecta a su modo, ella es tan hermosa como el amor, porque sin ella mi corazón no estaría contento, porque sin ella yo no podría amar, pero además sin ella, yo no habría cruzado fronteras para crecer, me habría quedado sin impulso en el lodazal de mi pasado y me habría muerto de agonía terrenal. 


Sí, acepto. 

Fue lo último que nos dijimos y empezamos una historia de amor cómo ninguna. 





                                                                                                               


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