Olvidar

Tu falta de amor, a provocado en mi una desdicha.

Fue lo que escribió en el espejo con su delineador de ojos antes de irse.

Carla siempre caía bien, era muy locuaz, amable y graciosa. Tenía una sonrisa pícara y encantadora, pero era una mujer muy triste, la soledad le amarraba el corazón y ella no estaba dispuesta amarrar a nadie, ya había aprendido que quién te ama hace cosas por uno y quién te quiere mueve cielo y mar por estar a tu lado. 

Ella siempre había sido nombrada por lo que hacía, por lo que lograba o por lo que parecía, pero nunca había sido llamada por quién era realmente. Su nombre se había perdido en la atmósfera, su apellido era el mismo de hace 15 años, porque quién prometió cambiarlo, se quedó en el deseo y no en la acción, la dejo sentada esperando en su vestido blanco por seis largos años. Ella ya había perdonado innumerables desplantes, había soportado la sofocación que le provocaba su propia familia, que más que ser un aliento, era una soga al cuello. 

Su tristeza se había transformado en dolor y ella había evolucionado en locura, en risa desatada, inoportuna e indecente. 
Ella se sentía una carga y esperaba escuchar a diario que la querían imperfecta, cómo cualquier mujer, cómo todas. 

Ella quería hacer mil cosas y terminaba haciendo dos mil, ese coraje por taparle la boca a la gente con sus acciones, la motivaba a ser más dura. El amor no sólo le había roto el corazón, la había dejado en la calle con sus maletas llenas de promesas sin cumplir, con un poco de dignidad y nada de amor propio. Ropa desgastada, zapatos nuevos y unos polos con nombres recién estampados. 

Se suponía que eramos un equipo y el fútbol de los sábados, se desvanecia poco a poco por los martes de basquetball. 

Rafael, en cambio era un hombre despreocupado por el amor, pero preocupado por sus hijos. Solucionaba todo con dinero, con victimizaciones oportunas, repartiendo culpas a diestra y siniestra y con una nobleza incomparable. 

Sus lágrimas sólo se exponian con Carla, le había dado la misión permanente de ser la fuerte, el roble de la familia porqué él no podía con todo, nisiquiera podía con sus hijos, no escuchaba a nadie que no fuese su madre y además confiaba más en sus amigos que en su propia pareja. 

Carla sabía que en algún momento se iba a derrumbar, que aguantar los desplantes, las navidades y cumpleaños sola con sus hijos, las reuniones con sus amigos sin compañia, los vinos antes de dormir sin compañia, la lencería recién elegida sólo para el espejo, no los iba a tolerar. 

 Nunca se mostró real, tampoco sincera por más que quisiera mostrarse tal cuál, porqué sabía que desencadenaria un lista interminable de prejuicios alojados en la cabeza de Rafael. 

Ella siempre ocultaba que quería flores, sorpresas y que la acostarán con un abrazo cada noche. Era una niña, esperando un beso en la frente, un mensaje de buenas noches, un te quiero espontáneo y un abrazo por la espalda cuando ella quiera huir. 
Sí, ella estila huir cuando su pecho jadea, cuando le entra un miedo incontrolable por dejarse llevar por sus emociones, cuando da demasiado por amor, pero duda si es suficiente o no. Ella puede ser dulces, colores y muchos sabores, pero su alma es oscura, desconfiada y llena de inseguridades. 

Rafael prometió darle un abrazo cada noche y cuándo no estuviera, llamarla así sea desde lo más alto de un árbol para obtener señal. Él dijo, lo hizo un par de semanas, pero luego se aburrió y lo olvidó. La primera vez que lo olvidó fue porque habían rayos, la segunda porque se durmió y la tercera fue porque la conversación con otra persona resultó más interesante, los otros días fueron por trabajo, por familia hasta que se le fue la costumbre y simplemente lo olvidó, no creía que fuese importante un mensaje y es que el mensaje no lo era, era la importancia de tener una excusa para decirse que se querían y demostrar que a pesar de la distancia estaban el uno para el otro. Pero no todos lo entienden. 
Así como Carla no entendía que a veces no era intencional, que el mundo no gira alrededor suyo y que ella no es una prioridad para nadie, pero sí debía serlo para ella. 

Rafael no entendía porque ella no quería volver, le gritaba a la pared casi a diario. Le rezaba a Dios, tenía fe, que ella recapacitaria, porqué no sentía culpa, no dudaba de sus acciones y creía firmemente que la infidelidad era un etapa triste que cualquier hombre pasa, su padre lo había hecho, su madre había perdonado y ahora eran  dueños de una gran fortuna. ¿Qué estaría mal? TODO, él quería salvar a todos con su complejo de Dios, con su biblia en la mano y sus visitas al templo. 
Él realmente se había creído el cuento que le contó su mamá, que decía que era una buena persona. Hasta Carla se lo había creído y por eso dudaba tanto de ella misma. 

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Las maletas listas, él tenía que viajar nuevamente y ella por primera vez en años también, se despidieron como era habitualmente  y así empezó el final. Ella guardó todo en cajas, en maletas en bolsas, en telas, en lo que fuese y llamó a su madre y le gritó nerviosa: ¡Estoy Lista! Cualquiera creería que estaban a punto de asesinar a alguien, pero lo único que asesinó fue su corazón. 
Subió a sus tres hijos al auto, les pidió que esperaran, el mayor con casi 15 años, le gritó ¡te amo mamá! Y los otros dos repitieron a coro ¡mucho mucho! Carla sonrió y no dudó. Llegaron sus hermanos, sus tios y hasta su padre, todos se llevaron algo, estaban ahí para ella, sin pedir explicaciones, sin cara de lamento y sin culpas. 

En una hora, la casa tenía los mismos muebles, el mismo orden, menos la esencia de lo que una vez fue una familia. 
Carla escribió en el espejo, volvió a mirar la habitación donde habia pasado varios años cantando sola, donde había leído muchos libros, donde habia dormido entre sus hijos, donde había gritado de dolor esperando sus partos, donde se cayó una vez por distraida, donde pinto un corazón enorme y vacío, esperando llenarlo con pintura o palabras bonitas. Sonrío y no volvió a mirar atrás. 

Esa casa nunca había sido suya, seguiría viviendo sola con sus tres  hijos, sus dos perros y un gato. Tenía que partir, tenía que dejarse ir. 

Ella había encontrado, por fin, al gran amor de su vida: Ella misma. 



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